viernes, 10 de julio de 2009

La educación sentimental

"Quiero leer urgentemente a la silenciosa Samantha Schweblin", dijo Moleskine, hace algunas semanas y, en busca de lecturas anti-pedantes, la encontré de forma inconsciente. Suena muy bien decirlo así: lo del inconsciente y lo de lo anti-pedante, pero lo cierto es que últimamente cualquier escritor en la vidriera me resulta repelente.

Schweblin se disparó sola, como una arma cargada, cuando entré a una nada prometedora librería de viejo. Topé con ella; vi luz y entré. Sus cuentos se mezclaron con las pesadillas del jet lag, pero su neutralidad me encantó. Relatos neofantásticos que parecen escritos en el polo del género. Dos de ellos hiceron pie en realidades ambientales:

1. "Hacia la alegre civilización de la capital" (de nuevo, campo/ciudad, versión absurdo y existencialista);
2. "Más ratas que gatos". Y acá me detengo. S. toma la conveción y la da vuelta como una media: el discurso victoriano se convierte en un turbulento caos. El esquema de la literatura de señoritas de todos los tiempos (excepto, éstos) en fórmula paródica , o mejor, lo ñoño de violento amarillo.

Cuando Harry Potter saltó a la palestra, yo ya había deslizado entre las manitos de mi prima una versión destartalada de Anne of Green Gables, con la secreta esperanza de compartir la afección. Ahora todo va de vampiros (Twilight) y las chicas, cada vez más chicas, prefieren las historias de amor sangrientas y las mágicas. No está tan mal, en verdad, porque la versión edulcorada decimonónica quizás no responda a las necesidades imaginativas de hoy, pero está bueno campear, de vez en cuando, en ese mundo de los sentimientos y los sufrimientos ínfimos y femeninos. Admito, de todas maneras, que siempre me dio pánico ser una adolescente seguidora indiscutida de Alcott, Montgomery, Webster y Las torres de Malory (donde siempre jugaban al lacrosse), aunque no pudiera evitarlo.

Me parece que hay que seguir recomendando estas obritas, aunque tengan el tufillo de lo cursilón. Tal vez ellas nos eviten la peligrosa adultez de no decir lo que sentimos, escudándonos en el "esto que voy a decir es muy tonto..." o "me voy a poner sentimental...", con un miedo atroz a ser blando.

Sigo adelante. Sé de algunos que me van a tirar con piedras (hacé lo que sientas, etc). Mejor, lean a Schweblin...está haciendo algo diferente.

5 comentarios:

Unknown dijo...

Hace ya muchos años ya que una horda del sub-mundo capitalino adora a vampiros y magos empotrados en formato de cartas, libros y juegos de rol. Existe algo de ofensa, creo, en todos estos Compracomics y Roleros, en que su sub-mundo se vuelva obsenamente popular, que todo lo que ellos adorararon celosamente por tanto tiempo, escondiéndolo del escarnio y el oprobio de deportistas y extrovertidos, quede expuesto a la mundana existencia. se de sucuchos en subsuelos de Primera Junta y de noches en vela, y no por bailar justamente; más bien por tirar los dados y matar al dragón...

Pecé dijo...

No, mujer, no. El romanticismo es letal para la educación: convierte a los niños (y niñas) en ñoños ñoñísimos. Un poco más de Pocoió, Tintín, Sandokán, Superman, Drácula o los Ositos cariñosos, pero no estos horrores de puritanos antediluvianos.

Mae Ortiz dijo...

Santi: totalmente cierto. ¡La profanación de estos temas!
Pecé: romanticism never dies!!

Hugo dijo...

1910 zzzzzz.....

rochita dijo...

euge, soy prima de feli ibañez..ella me recomendo tu blog.. me encanto!!
te paso el mio por si queres husmear

http://rochita-mujermadreyargggentina.blogspot.com/
besos